Una batalla detrás de otra
El parque tecnológico de nosequé nosecuántos (¿Quién demonios es el encargado de poner nombre a los sitios? ¿Por qué son tan largos? ¿Lo hacen a posta? ¿Y por qué el Google Maps te manda al ayuntamiento en vez de a la Loyola?....) de Dos Hermanas es ya casi el teatro oficial de la escuela La Pipi. Nuestro segundo hogar. Prácticamente - cuando vamos - hacemos lo que nos da la gana. Tráete dos mesas, llévate tres sillas. Ni que decir tiene el bar. Han subido el precio del chupito, por cierto.
La sala que usamos de camerino improvisado y compartido es muy amplia pero la verdad es que somos muchos y gritones. Aquello es una marabunta de chiquillas jugando al pilla pilla, adolescentes jugando a maquillarse, jovencitas jugando a influenzers y señoras maduras jugando a flamencas. Las maletas de ropa y las sillas de enea se desparraman en un caos semi controlado. Los botes de laca son tema tendencia de manera recurrente de un modo transversal ya que arrasa en todas las franjas de edad y condición sexual. De vez en cuando huyo del lugar ya que no tolero bien el caos, el griterío y los histerismos colectivos. Soy una persona que aprecia el equilibrio, el tono moderado y el orden externo. Es difícil escabullirse porque el destino (o cualquier madre que pasa por allí) me asigna algún rol para el que no estoy mentalizada. Por ejemplo vigilante de puerta y menores de 5 años. Me habrán visto cara y gesto de señorita Rottenmeier con razón porque estoy convulsa por dentro. Y luego están las gafas y el abanico que, cerrado, parece la regla con la que atizaban los maestros de la posguerra. Voy y vengo un poco al tuntún y claro, me pillan para esto y lo otro....ajustar la toga a ladyLaura, cursillo acelerado de cómo se atan los espartos a una microflamenca, ajustar el mantel de la última cena, sacar el pan del plástico, prestar (y despedirse) del mechero para prender el incienso. Una abuela me endosa un incensario que no lo quiere dejar en cualquier sitio por si se rompe. Me lo quedo y lo dejo en cualquier sitio, así ella se queda tranquila y yo me voy a buscar la barra de labios roja que reclaman por otro lado. Ya lo dije en "Bocadillo de Nocilla", mi entrada más cómica de este blog; el mundo oculto de los camerinos es un campo de mil batallas que hay que librar una detrás de otra para que no se te haga bola. Para bola la que tenía una de las nuevas (talludita pero nueva) porque se había comido un burguer king de esos de pedir a Glovo....a quién se le ocurre antes de bailar meterse semejante bomba de grasa y tendones. Ella misma lo confesaba arrepentida un minuto antes de su baile con la carita descompuesta. Luego se ve que se le pasó y saludaba con la mano, muy ufana, a alguien del público desde justo detrás de la Pipi...si se llega a dar cuenta le endiña con la otra mano pero abierta. Mientras tanto, Chiquitapiconera y yo, asistimos atónitas al momento crítico de la noche que, a Dios gracias, pasó desapercibido a la directora.
Tenemos niñas llorando antes, durante y después del espectáculo. Tenemos a una flamenquita de 4 años durmiendo la siesta en el camerino. Tenemos padres CONTÍNUAMENTE asomados a la puerta durante el ensayo general de la tarde. Yo solo pienso en la recortada mientras grito como una posesa que la puerta tiene que estar cerrada. Me freno a tiempo antes de empezar a insultar en los dos idiomas que controlo. Peor aún es cuando niñas medianas salen y entran sin ningún miramiento por la puerta lateral del escenario donde evidentemente no está la Pipi. No se atreven donde está ella y se vienen por el otro lado. Hasta que se me hincha la yugular y bloqueo la puerta. A las niñas les encanta mandar callar pero no callarse. Esto habría que estudiarlo. Pues eso, las batallas que no se ven pero hay que librar aún a costa de una posible úlcera duodenal por estrés. El milagro es que una consiga abstraerse de todo ese ruido y transicionar al baile correspondiente en 15 segundos como si no pasara nada. Pues lo hice. Tres veces. Gané la batalla. Soy la 🐔 en bicicleta.
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