Cuando nadie nos ve...
No está bonito brindar con agua. Pero está precioso celebrar nuestra Pipiescuela con un piscolabis, sobre todo, tras nuestra actuación frenética de hoy en el teatro municipal Juan Rodríguez Romero de Dos Hermanas, el pueblo de Melody, esa artistaza injustamente denostada y vilipendiada en Eurovisión.
Cada año, por mayo, participamos en un festival de escuelas de danza flamenca de nuestro municipio. Media horita donde resumir lo mejorcito del año previo. A la Pipi no le gusta estrenar hasta fin de curso (nos queda un mes únicamente y ya cunde el pánico por supuesto). No se pueden desvelar las coreografías primorosamente ideadas en un festival conjunto. Lo que se viene en breve se merece un estreno como Dios manda.
Pero volvamos a lo de hoy: la versión reducida del Aladín del pasado curso con su genial genio, sus pizpiretas duendecillas, sus guardias, su baile español, su danza del fuego, sus protagonistas enamorados....en fin, un espléndido y variado ramillete de números que ha sido capaz de comprimir en media hora escasa nuestra coreógrafa y directora de cabecera.
Satisfechas y felices por un trabajo bien defendido desde mi humilde punto de vista, aunque por supuesto siempre mejorable, pasamos el postparto reponiendo fuerzas con unas cosillas que nos hemos traído a los camerinos, ya que no hay ambigú y estamos hambrientas a la par que sedientas (sobre todo MariCámara y Adelantada, mujeres insaciables en todos los sentidos pero en unos más que en otros). A no sé quién se le ocurre grabar un TikTok con unos pasitos flamencos. Me estoy poniendo de un moderno que da vértigo aunque luego me tenga que poner las gafas para rellenar los vasitos.
A pesar de los nervios, las carreritas, algunas lágrimas y el suelo resbaladizo del teatro, merece mucho la pena formar parte de esta familia flamenca. Seguiremos reincidiendo mientras Quejío continúe su camino en la escuela de danza y flamenco la Pipi.
GRACIAS A TODOS. Y larga vida a los aperitivos (casi) improvisados.
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