Los zapatos de baile
Septiembre de 2008. Es mi cumple y mi churri me hace un regalo inesperado pero muy deseado: unos zapatos de baile profesional de flamenco. No es que yo venga de una familia con tradición flamenca ni nada parecido pero el baile flamenco me llama poderosamente la atención, es como un imán potente que me atrae desde que tengo memoria. De pequeña, como casi todas las niñas andaluzas, mi madre me apuntó a sevillanas y de paso, aprendí un par de pasos de rumba. Así me inicié en el baile, del que sólo disfrutaba en la feria de mayo de mi Córdoba natal. Los años pasaban y me fascinaban esas flamencas tan elegantes, tan de raza que una se iba cruzando en las ferias o en los teatros. Las admiraba y siempre pensaba.... ojalá yo supiera bailar así. No dejaba de ser un vago anhelo pero ahí estaba siempre, bajo un montón de diversas tareas y aficiones.
Hay que decir que yo tengo menos arte que una escandinava bailando merengue. Es un hándicap que no es menor y, aunque en general, tengo menos vergüenza que El Monaguillo, lo del baile me imponía mucho. Le tengo como un RESPETO (así en mayúsculas) que me ha frenado muchos años, demasiados....pero OH, sorpresa 😮, de repente ya tengo los zapatos y ninguna excusa para demorar mi secreto deseo.
Bueno, sí que - también por sorpresa- se presentó un escollo para esto del baile y GORDO. Llegó nuestro hijo y más tarde unos años fuera de España. Los zapatos sin estrenar se quedaron en su caja unos 12 años, que ya es tiempo si te paras a pensar porque me cruzaba con los zapatos en cada cambio de temporada de ropa. Abría la cajita, me los probaba, suspiraba en pequeñito y los volvía a guardar pensando.... algún día.
Septiembre 2020. Ya hemos vuelto del periplo inglés (por cierto, tengo otro blog escrito de aquella experiencia por si tenéis curiosidad, The Green Life). Un par de amigas se van a apuntar a baile flamenco y me animan. No me lo pensé pero aquello duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, que cantara el de Jaén. La pandemia y sus cierres perimetrales, los horarios de trabajo, aquella escuela tan lejos de mi casa....Tuve que abandonar prematuramente pero con el gusanillo ya bien instalado. Esta vez tomo una determinación seria: el próximo curso me busco una escuela cerca de casa y me convenzo de que el asunto virus habrá decaído lo suficiente para entonces. Voy a cumplir 50, con los años he ido perdiendo el sentido del ridículo y desarrollando una jeta importante. Además me apetece, me apetece mucho.
Septiembre 2021. He encontrado la escuela perfecta en el barrio. Voy a hablar con la profe. Empezamos en Octubre. Desempolvo los zapatos. Ya no me los voy a quitar....ahora empieza lo bueno. ESTOY FELIZ
La geisha gitana (Javier Ruibal)
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